El poder de los débiles

Cuando victimizarse sale a cuenta

Primero, unos pocos ostentaron la capacidad de dirigir. Luego, otros tantos, la capacidad de opinar sobre las decisiones que el poder tomaba. Generalmente fueron los más lisonjeros los que recibieron la gracia de opinar y, si se hizo, fue a modo válvula, para liberar presión en los sistemas de poder.

Hoy, todos tenemos derecho a opinar. Es paradójico, sin embargo, que si uno opina en contra de las ideas del establishment, obtiene el rechazo inmediato del pueblo. El pueblo, censura, y el hombre, se autocensura. ¿Quién es el pueblo? El pueblo es la prolongación del poder: es el lobo con piel de cordero. Aparentan ser las víctimas del sistema (un sistema del que son responsables los demás, los de enfrente, ad perpetuam), aunque sus ideas representen la perfecta hegemonía del ideario de turno. Ponen cara de cordero degollado, mirada vidriosa y, cuando hablan de sí mismos, gustan de compararse con ovejas negras. Te prometen que son pobres con el Rolex en la muñeca, y que sus vidas han sido miserables (no como las de todos nosotros, los bienaventurados). El sistema siempre preferirá venderse a sí mismo como una víctima del propio sistema.

El mecanismo más perverso por el cual las ideas más arbitrarias e interesadas edifican una sociedad corrupta, a todo esto, es el del relativismo. Pareciera que ya no solo todas las ideas fueran expresables (cuando únicamente las que interesan al poder lo son); sino que lo mismo da si son ideas doctas o estúpidas. Valen lo mismo. Es más: cuanto más absurdas, pretenciosas y difíciles de entender sean, mejor. Y cuantas más haya, tanto mejor, pues más entretenido estará el vulgo desentrañándolas. Pan y circo. “¿Qué importa si dos y dos suman cuatro? Para mí suman cinco, y por el culo te la hinco. Y debes respetar mi opinión, que es tan válida como la tuya.” Y si les explicas que hay cosas que no admiten debate, aparecen los llantos y la victimización. Te conviertes en un perfecto monstruo, a los ojos de los demás.

Los idiotas se vuelven maestros y los maestros, proscritos. Antes, el idiota merecía nuestra tolerancia, nuestra comprensión y nuestro apoyo. Pronto seremos los cuerdos los que tendremos que implorar tolerancia, comprensión y apoyo. Si hay una mayoría de estúpidos, la democracia dicta (o eso pretenden hacernos creer) que la sociedad debe regirse por la estupidez. Y así es como los políticos confunden al vulgo: convenciéndolo de que democracia significa únicamente votar. Porque, como todo el mundo sabe, los mejores médicos, escritores, filósofos, físicos y jueces surgieron de las urnas. ¿Os acordáis de cuando votábamos al más tonto de la clase como delegado, por las risas? Pues a reír, amigos. A reír.


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